Pulso III: El verdadero punto de partida de un emprendimiento
En la tercera columna de Pulso Económico, una reflexión sobre cómo el verdadero comienzo de un emprendimiento no está en la idea ni en el mercado, sino en el proceso de transformación personal y en reconocer los recursos, habilidades y propósito de quien decide emprender.
Muchas veces pensamos que emprender empieza cuando aparece una idea de negocio. Pero la realidad suele ser distinta. Antes de que exista un proyecto, antes de que aparezcan los clientes o las ventas, hay algo más profundo que necesita ponerse en movimiento: la persona.
Implica revisar hábitos, creencias, formas de organizar el tiempo y, sobre todo, la relación que tenemos con nuestro propio propósito. Porque un proyecto puede tener una gran idea, pero si quien lo lidera está agotado, desordenado o desconectado de lo que realmente quiere construir, tarde o temprano ese proyecto empieza a perder fuerza.

Pero vayamos paso a paso
A partir de esta columna quiero compartir un kit de herramientas y reflexiones que fui recolectando a lo largo de años de formaciones, talleres, terapias y distintas experiencias que me han nutrido en el camino. Antes de emprender vuelo, es indispensable saber con qué recursos y habilidades partimos hoy.
Es un buen momento para hacer un diagnóstico inicial de nuestra situación. Para eso, la invitación es simple: buscar un lápiz y un papel y empezar a responder algunas preguntas.
La primera es: ¿Con qué recursos cuento actualmente?
Esta pregunta es amplia, por eso podemos mirarla desde distintas dimensiones.

Recursos intelectuales.
¿Qué conocimientos tengo hoy sobre la actividad que estoy realizando o quiero comenzar?
“Es importante diferenciar entre los conocimientos vinculados a crear o producir un producto o servicio y aquellos relacionados con la gestión integral de un emprendimiento o negocio. Más adelante profundizaremos sobre esto”.

Recursos económicos.
¿Cuáles son hoy mis fuentes de ingreso?
“Puede aparecer el sueldo de un trabajo en relación de dependencia, ingresos del propio emprendimiento, alquileres, inversiones o una combinación de varias de estas opciones”.

Recursos emocionales.
¿Qué actividades me ayudan a gestionar mis emociones?
“En mi caso, algunas herramientas que me acompañan son escribir en un diario para registrar cómo me sentí durante el día, escribir por la mañana para ordenar ideas, hacer actividad física, conectar con algún instrumento musical o pintar”.

Recursos espirituales.
Si existen en tu vida, ¿qué actividades te conectan con algo más profundo?
“Puede ser meditar, practicar respiración consciente, escribir un diario de gratitud, conectar con el cuerpo o participar de espacios de crecimiento personal”.
Habilidades
Este punto puede resultar incómodo al principio, pero es uno de los más importantes. Se trata de poner en palabras aquellas aptitudes que reconocemos como fortalezas propias, ya sea por autoobservación o porque otras personas las destacan en nosotros.
Por ejemplo: Soy bueno comunicando, organizando proyectos, coordinando personas, enseñando, escribiendo o produciendo eventos.
También pueden aparecer cualidades personales como ser responsable, empático, proactivo u honesto.
Una vez que empezamos a mapear el suelo donde vamos a cultivar —detectando nuestras fortalezas y visualizando aspectos a mejorar— podemos ampliar la mirada hacia el contexto. Aquí aparece una herramienta conocida por muchos: el Ikigai, una palabra japonesa que suele traducirse como “razón de ser”.

Para explorarla, volvemos nuevamente al cuaderno de notas.
Preguntas simples, pero profundas:
¿Qué actividades podrías hacer durante horas, incluso sin recibir dinero por ellas?
¿Qué amas hacer?
¿De qué temas te gusta hablar siempre?
Las respuestas pueden ser muy simples: jugar, cocinar, escribir, compartir tiempo con amigos, hacer música, conversar o crear.
También pueden aparecer temas recurrentes que te apasionan: política, negocios, cultura, economía, arte, recetas o música.
Luego aparece otra dimensión importante.
¿En qué sos bueno?
¿Para qué suelen buscarte otras personas?
Qué cosas te salen naturales en tu día a día?
Muchas veces las personas nos buscan para aquello que ellas mismas no pueden resolver solas.Tal vez te buscan para escuchar, aconsejar, organizar, enseñar, vender, acompañar trámites, reparar algo o cocinar.
En la vida cotidiana también aparecen pistas: conversar en profundidad, compartir información, construir redes, resolver problemas o coordinar proyectos.
Después aparece una pregunta más amplia.
¿Qué problema te gustaría ayudar a resolver en el mundo o en tu comunidad?
Las respuestas pueden ser tan diversas como las personas.
“En mi caso, me moviliza la desigualdad de oportunidades, el crecimiento de la ansiedad y la depresión, los problemas ambientales o la falta de educación emprendedora”. Cada uno encuentra aquello que lo interpela.
Por último aparece una dimensión clave.
¿Por qué podrían pagarte?
¿Qué producto o servicio podrías ofrecer?
Qué problemas podrías ayudar a resolver a otras personas?
Las respuestas pueden ir desde ofrecer servicios profesionales hasta vender productos, dar capacitaciones, cocinar, reparar objetos, crear contenido o brindar acompañamiento en distintas áreas.
Todas estas preguntas requieren algo fundamental: honestidad con uno mismo.
“Una mentora muy importante en mi camino solía decir que estos ejercicios necesitan un momento especial: un espacio de calma, concentración y apertura para observarnos con sinceridad”.
Porque, al final del día, emprender se parece mucho a cultivar. Primero hay que observar el suelo, conocerlo y prepararlo.Solo entonces llega el momento de sembrar.
Y en el camino de construir proyectos con propósito, ese suelo somos nosotros mismos.
Matias Maressa - Mentor en Desarrollo Integral y E
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